Efectos colaterales.
Sentirme novio de la reina del mambo.
Importarme un huevo el mundo y la madre que lo parió.
Recordar con nostalgia aquellos polvos
que hicieron estos lodos.
Pensar con serio fundamento
que nuestra única misión en la vida
es rascarnos el ombligo.
Permitir que mi sombra se ría de lo mal que estoy.
Dejar que los nombres sonoros,
los adjetivos osados,
los verbos con retranca,
las conjunciones insólitas,
las interjecciones intrépidas,
las admiraciones ocultas,
y sobre todo la interrogación,
(la fascinante interrogación,
la que provoca las maravillosas dudas
y los seductores terrores)
me vayan follando lentamente
mientras compruebo
cómo se me pone la cara
de un novicio ante su primer orgasmo.
Y pedir otra.
(Algunos de los efectos colaterales
más fáciles de describir,
que produce un buen pedo de Guinnes)

Gracias, Irlanda.
Importarme un huevo el mundo y la madre que lo parió.
Recordar con nostalgia aquellos polvos
que hicieron estos lodos.
Pensar con serio fundamento
que nuestra única misión en la vida
es rascarnos el ombligo.
Permitir que mi sombra se ría de lo mal que estoy.
Dejar que los nombres sonoros,
los adjetivos osados,
los verbos con retranca,
las conjunciones insólitas,
las interjecciones intrépidas,
las admiraciones ocultas,
y sobre todo la interrogación,
(la fascinante interrogación,
la que provoca las maravillosas dudas
y los seductores terrores)
me vayan follando lentamente
mientras compruebo
cómo se me pone la cara
de un novicio ante su primer orgasmo.
Y pedir otra.

(Algunos de los efectos colaterales
más fáciles de describir,
que produce un buen pedo de Guinnes)

Gracias, Irlanda.




Alguien me hizo vudú, 






De vez en cuanto me entra un mono....
Pereza....
Dado que el 2004 ha sido, sin lugar a dudas, el peor año de nuestras vidas, dicho sea esto con la imparcial objetividad que me caracteriza, anuncio a propios y extraños, a tirios y troyanos, a publicanos y a fariseos, a niños y a niñas, a capitanes intrépidos y a militares sin graduación, a supermodelos anoréxicas y a gorditas de buen ver, a feministas de estricta observancia y a iconoclastas de lo políticamente correcto, a heresiarcas y a ortodoxos, a buenos, feos y malos... que nada más pasada la medianoche del 31 de Diciembre y como saludo de bienvenida al 2005, celebraré en mi augusta mansión una colosal e inédita lumumbada a la que acudirán todos aquellos que hayan sido furiosamente maltratados por este nefasto año, una vez superados, claro está, algunos breves pero necesarios trámites privados vía e-mail. Podéis apuntaros en este blog.
Evidentemente, el mundo está bien hecho.
Es de sobra conocido que al llegar a determinada edad, si te despiertas cada mañana y no te duele nada es que estás muerto. Pues bien, cuando llega el viernes, me siento inmerso en una lucha interior por culpa de este cuerpo mío que últimamente no hay por donde cogerlo. Por un lado están mis pulmones, castigados por tanto siglo de fumarlo todo, que se ensanchan de alegría, porque van a respirar aire puro, esa mezcla de pino y brisa marina donde está enclavado mi refugio interior, mi Roda del alma, con mis libros, mis dubidubis, mi adsl, mis músicas, mis vinos, los mil platos que se me ocurren cuando entro en mi cocina decorada a lo lisérgico, en fin, mi querida soledad tan llena de casi todo que me hace casi feliz. Y repito el casi, porque hay quien protesta cuando se huelen que voy a abandonar la gran ciudad. Son mis narices. Tienen narices la cosa. Tengo una especie de fiebre del heno tan oculta, que no acabo de encontrar el tipo de heno al que le tengo fiebre. Estoy hasta las narices de tanto estornudo súbito y encadenado. A lo peor de todo es que tengo alergia al puto campo, y mis narices tienen nostalgia de aquellos años locos en que mascábamos asfalto, respirabamos monóxido de carbono, bebíamos como mongoles (el doble de los cosacos) y no teníamos ganas de perder el tiempo metiéndonos en la cama para dormir, cuando se podían hacer otras cosas mucho más placenteras. Aquí quería ver yo a los políticos del talante, del diálogo y del buen rollito. A ver como concilio yo unos pulmones ecologistas y unas narices urbanitas. Se aceptan ideas.
Con estos kilómetros me ha dicho adiós el Juanele. Kilómetros que han recorrido España por los cuatro puntos cardinales. Viajes a Córdoba por Albacete o por Motilla del Palancar. Ruta de la Plata arriba y abajo, de Sanlúcar a Gijón y viceversa. Cinco veces el camino de Santiago. Dos veces los Pirineos, como el rayo, en zig, zag. Las Encartaciones, la Ruta de los Contrabandistas, el Maestrazgo, Doñana, Las Alpujarras hasta la cumbre, de pistas inverosímiles, donde están los budistas, el Parque gaditano de los Alcornocales, la Selva de Irati, la Ruta del Toro, la Serranía de Ronda, la Axarquía, la Sierra de las Nieves, las brujas de Zugarramurdi, la ciudad encantada de Cuenca. los Arribes del Duero. Querido Juanele, compañero de viaje, callado testigo de mis momentos de amor, oyente plácido y paciente de mis penas y alegrías. Te canté por Carlos Cano o por Diana Krall, y te he sentido cercano e indispensable. Ultimamente estabas muy gruñón. Sabías que se acercaba la hora de tu agonía. Mientras te llevaba al tanatorio municipal, en el último kilómetro por las calles de Barcelona, resoplabas impotente, y la mínima cuesta te parecía una hazaña. He firmado mil papeles, le entregué al funcionario la llave de tu vida, y dentro de unos días, la grúa te llevará al desguace. En el retrovisor he dejado colgados los pañuelos de las mil fiestas populares a las que fui contigo: Sanfermines, Sanmateos de Logroño, batalla del vino en Haro, Carnavales de Cádiz. Querido Juanele, amigo, hermano. Adios. Me has dejado solo, hecho un peatón desconsolado, cuando estabas a punto de cumplir 14 años conmigo. Descansa en paz en tu cielo de chatarra.
La primera vez que vi a Manolo fue en 1970. Salía de una cafetería con un buen hato de libros y periódicos. Serio, con cara de pocos amigos, y sin abrir la boca. Yo lo tenía en un pedestal gracias a sus artículos en la
A Manolo le veía de vez en cuando. En comidas corporativas, vulgo pesebres. Pero no en todas, en las mejores, claro. Porque a pesar de los pesares, ni su ideología, ni su morfología le impidieron ejercer de gourmet. De vez en cuando se recluía y no se dejaba ver. Una de dos, o estaba acabando un libro, o estaba a régimen, Un régimen estajanovista, de los suyos, que le hacía perder unos kilos que apenas se notaban, pero que a él le reconfortaban. De todos los encuentros con MVM, el más divertido fue hace ya bastantes años, cuando el restaurante la Dorada de Barcelona estaba en todo su esplendor. Por aquella época Manolo tenía un Consultorio Gastronómico Sentimental en Protagonistas de Luis del Olmo. Yo le consulté si podía concebir un gazpacho para millonarios, un gazpacho caro de precio. Esto sucedía muchos años antes de que Ferran Adriá concibiera en