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Un año sin Manolo

Un año sin Manolo A Manolo le veía de vez en cuando. En comidas corporativas, vulgo pesebres. Pero no en todas, en las mejores, claro. Porque a pesar de los pesares, ni su ideología, ni su morfología le impidieron ejercer de gourmet. De vez en cuando se recluía y no se dejaba ver. Una de dos, o estaba acabando un libro, o estaba a régimen, Un régimen estajanovista, de los suyos, que le hacía perder unos kilos que apenas se notaban, pero que a él le reconfortaban. De todos los encuentros con MVM, el más divertido fue hace ya bastantes años, cuando el restaurante la Dorada de Barcelona estaba en todo su esplendor. Por aquella época Manolo tenía un Consultorio Gastronómico Sentimental en Protagonistas de Luis del Olmo. Yo le consulté si podía concebir un gazpacho para millonarios, un gazpacho caro de precio. Esto sucedía muchos años antes de que Ferran Adriá concibiera en El Bulli su gazpacho con tropezones de bogavante. La propuesta de Manolo era interesante. Ilustrar el gazpacho con colas de langostino de Sanlúcar y granos de caviar. ¿Negro o rojo? ¿De esturión o de salmón? “Eso lo discutiremos sobre el terreno”, respondió Manolo. Y en compañía de Jordi Estadella o lo que es lo mismo Tito B. Diagonal, reservamos un camarote en la Dorada. Mientras llegaba el gazpacho, el maitre, que ya sabía que eramos las tres cucharas más potentes a este lado del río Pecos, nos entretuvo con las entradillas típicas de La Dorada de aquella época: chaquetes, salmonetitos, puntillitas, pijotas, adobo,boquerones victorianos, más una colosal fuente de ibéricos. Llegó el gazpacho, con los langostinos de tropezones, y dos latas de 250 gramos de caviar, uno negro y otro rojo, probamos, degustamos y llegamos a la conclusión de que con el de salmón combina mejor. Pero algo había que hacer con el caviar iraní sobrante. Jordi pidió champán, -Roderer Cristal, el suyo- para acompañar el caviar. Se acabó el caviar, sobró champán, pedimos más caviar para no dejar tan solo al champán. Se acabó el champán, sobró caviar. Pedimos más champán para no dejar tan solo al caviar. En este juego de acompasamiento, dimos buena cuenta de cuatro botellas de champán y un kilo de caviar. A todo esto, el maitre se sacó de la manga una langosta gigante que tenía reservada para casos extremos. Una vez terminada la langosta, que acompañamos con dos botellas de albariño, apareció el maitre y fué entonces cuando Manolo después de mirarlo fijamente, pronunció una frase para la historia. “Vamos a ver, ¿aquí cuando coño se come?” Menos mal que en la Dorada no faltaba capacidad de respuesta. Al poco rato, llegaron con un caldero de arroz caldoso con mariscos diversos, que Manolo saboreó con placer de patricio, mientras que Jordi y yo acabamos con más esfuerzo que otra cosa. Aún así, hubo tiempo y hueco para postres, cafés y una disertación, con degustación y controversia incluida, entre Manolo y Jordi sobre las diversidades de los maltas de la isla de Jura. Un detalle a modo de postdata. A las ocho de la tarde, nos levantamos, y salimos del restaurante. Nadie nos presentó una nota. Aún me pregunto quien pagó la colosal comida, que tendría que haber costado un ojo de la cara. Presumo que fue Manolo, pero su colosal timidez, o acaso su delicadeza, o quien sabe si su sentido de la amistad, le impidió comentarlo.

1 comentario

arantza -

Felicidades en tu vuelta al hogar catalán. Que pena que sea en una efeméride tan triste...
Un beso.