
La primera vez que vi a Manolo fue en 1970. Salía de una cafetería con un buen hato de libros y periódicos. Serio, con cara de pocos amigos, y sin abrir la boca. Yo lo tenía en un pedestal gracias a sus artículos en la
revista Triunfo, firmados con el seudónimo de Manolo V el Empecinado y me quedé con las ganas de cruzar una palabra con él. Hermosa época, aquella. En el Palau actuaba
Ravi Shankar, el padre de
Norah Jones, en el Tivoli estrenaba
Marsillach su Tartufo, una crítica a los trepa que entonces todos eran del Opus (ahora la fauna ha ganado en variedad), en Sarriá vivían juntos, pero no revueltos,
Vargas Llosa y
García Márquez, que los podías encontrar, tan amiguitos por entonces, en el estreno de la primera comedia musical de la Trinca,
Pebrots i cuplets.
Carlos Barral miraba con aires de superioridad las hoscas maneras de
Lara, que todavía no tenía en mente comprar todas y cada una de las editoriales catalanes. La vida era más sencilla entonces. Había que dejarse caer cada noche por algún bar de la calle
Tuset, o admirar las fotos de Pomés de la tortillería
Flash Flash, donde con suerte podrías ver a Romy o a la Gimpera que estaban para mojar pan, (lástima que Internet no nos haya dejado constancia de sus años mozos) o a
Ricardo Bofill padre, con su mujer la actriz
Serena Vergano, intentando explicar por quinta vez el mensaje de la última e incomprensible película de la
escuela de Barcelona. En caso de aburrimiento y para demostrar progresía había que robar unos libros en el
drugstore de Paseo de Gracia, y en verano si tenías pasta o cara, pasar un verano en
Cadaqués, como pagano o mejor como invitado. Manolo, sin embargo, prefería pasear por las
Ramblas,
sus Ramblas, entonces pueblo puro y duro, producto nacional bruto en su más prístina esencia, observar las
putas de la calle Tapias o comentar la jugada tomando un pastís en el
Pastís, el único bar que continúa como entonces. Tardé cinco años en poder hablar con Manolo. Fue en una cena multitudinaria donde tuve la suerte de sentarme a su lado. Como a mis preguntas respondía por monosílabos, al final fui yo el entrevistado. Manolo me preguntó por bares, lugares y costumbres de la
Costa del Sol, y yo, que aún tenía aún frescos aquellos paisajes y paisanajes, le proporcioné una extensa respuesta. Luego reconocí gran parte de aquella información en una de las novelas de Carvalho. Así era Manolo, una esponja. No desaprovechaba nada. Todo lo que veía, escuchaba o saboreaba, lo convertía, una vez digerido, en
literatura.
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